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Hace unas semanas – estando aun en la playa – empecé a pensar en nuestro próximo viaje y le pregunté a ChatGPT por Bali.

No fue una de esas preguntas formuladas con precisión quirúrgica, de persona que ya sabe qué quiere y necesita solamente que alguien le confirme que sí, que es buena idea. El caso es que seguimos con “¿Y Petra en Navidad?, ¿Y si después nos quedamos unos días en la playa?, ¿Será demasiado con las niñas?”

Luego pasamos por varias opciones por los cinco continentes, hablando de evitar guerras, movidas del cambio climático, catastrofes naturales y demás, un día en español, al siguiente en italiano. Un día una capital europea, otro suramérica.

Y, como suele pasar cuando una tiene demasiadas ideas y pocas certezas, de Petra pasamos a Praga. De Praga a Coimbra. De Coimbra a Oporto. De Oporto a una casa rural cerca de Madrid por presupuesto. Y de repente estábamos mirando vuelos a Rovaniemi, calculando cuánto puede costar vestir a cuatro personas para sobrevivir a temperaturas que en Madrid asociamos más a una peli de Netflix que a la vida real.

Nueve días. Navidad. Dos niñas de tres y cinco años. Laponia.

No sé exactamente en qué momento ocurrió.

Bueno, sí lo sé: ocurrió tras darle miquinientos vueltas a al menos 15 destinos.

ChatGPT no eligió el viaje por mí

Esta aclaración me parece importante, sobre todo ahora que parece que la inteligencia artificial tiene que decidir desde qué acciones comprar hasta el futuro de la humanidad.

ChatGPT no eligió Rovaniemi por mí. Tampoco me descubrió que Papá Noel vive allí; eso, por suerte, lo sabía antes.

Lo que hizo fue otra cosa: hacerme preguntas, recoger las cosas que iba diciendo, los destinos que ya conocemos y descartarlos, comparar alternativas, medir al dedillo los euros de presupuesto, recordar detalles que yo ya había olvidado haber contado y ayudarme a poner orden en ese caos maravilloso que es planificar unas vacaciones familiares.

Porque no buscábamos simplemente “un destino bonito para Navidad”.

Buscábamos algo que funcionara para cuatro personas distintas. Dos adultas con ganas de salir de la rutina y dos niñas que, aunque no lo sepan todavía, tienen una opinión bastante contundente sobre los vuelos largos, el frío, el hambre y la necesidad de volver al hotel exactamente en el momento en el que el adulto responsable ha reservado algo no reembolsable.

Y ahí está la diferencia.

Google puede darte una lista de “los 10 mejores destinos para viajar con niños en Navidad”. Instagram puede convencerte de que una cabaña en medio de la nada es la solución a todos tus problemas. Pero una conversación larga puede ir llegando a cosas bastante más concretas.

Por ejemplo: no queríamos un viaje lleno de actividades. Queríamos una Navidad especial, sí, pero también queríamos descansar. Queríamos que las niñas vieran nieve de verdad, que Papá Noel tuviera cierta credibilidad logística y que existiera la posibilidad de ver una aurora boreal sin que toda la experiencia dependiera de que el cielo quisiera colaborar.

La conversación como forma de búsqueda

Esto, que suena un poco intenso, me parece fascinante.

Durante años hemos buscado en Google haciendo preguntas cada vez más específicas. “Hotel familiar en Rovaniemi”. “Qué ropa llevar a Laponia con niños”. “Cuánto cuesta ir a Rovaniemi en Navidad”. “Es mejor dormir en el centro o en una cabaña”.

Y seguimos haciéndolo. Porque Google sirve para comprobar, contrastar, encontrar fuentes, opiniones, precios, horarios y esa letra pequeña que aparece siempre cuando ya estás convencida de reservar.

Pero ChatGPT sirve muy bien para otra parte del proceso: para pensar en voz alta.

Le puedes decir que te da miedo gastar una fortuna en actividades que las niñas no van a disfrutar. Que no quieres alquilar un coche si luego vas a tener que pelearte con el hielo. Que quieres ir a un lugar bonito, pero no al precio de hacer una excursión cada mañana a las ocho y media.

Y puede devolverte la idea ordenada.

A veces demasiado ordenada, porque ChatGPT tiene una cierta tendencia a convertir cualquier conversación en una tabla. Pero eso también tiene arreglo.

De Petra a Rovaniemi, pasando por todas mis contradicciones

Petra era una idea muy distinta.

Había sol, historia, una parte de aventura y otra de playa. Era uno de esos destinos que te hacen sentir interesante antes incluso de haber comprado el vuelo y lleva tiempo en mi wishlist.

Después apareció Praga, porque Navidad. Luego Coimbra, porque Portugal. Oporto, porque Lisboa ya la conocemos. Una casa rural, porque quizá lo más fácil era no complicarnos tanto la existencia, y lo peor que tooodos tenían sentido.

El problema es que, a medida que íbamos hablando, empezó a ser evidente que lo que queríamos no estaba en ninguno de esos destinos. O, mejor dicho, que el destino no era lo importante. Pasé de querer playa a querer nieve. Supongo que no ocurrió el mismo día sino que después de haber visto en Instagram algo relacionado pero lo vi claro: queríamos nieve.

Queríamos algo que las niñas pudieran vivir ahora, no solo recordar dentro de veinte años mirando fotos y sobre todo queríamos no tener que decidir cada día qué hacer.

Queríamos una Navidad que fuera especial sin convertirse en una producción de tres mil euros diarios con renos, motos de nieve, huskies, un fotógrafo y probablemente una persona vestida de elfo intentando vendernos algo.

Y ahí Rovaniemi empezó a tener sentido. No porque fuera barato. Spoiler: no lo es.

No porque fuera fácil. Hay que organizar vuelos, alojamiento, ropa, excursiones y asumir que durante unos días tu cara estará expuesta a temperaturas que normalmente harían que te quedaras en casa.

Sino porque de repente encajaba.

Lo que ChatGPT hizo bien

Me ayudó a comparar opciones sin hacerme sentir que tenía que tomar una decisión inmediatamente.

Me recordó que una cosa es querer ir a una cabaña preciosa en medio del bosque y otra muy distinta es querer estar aislada en medio del bosque con dos niñas pequeñas cuando hace -15 ºC y alguien necesita cenar, ir al baño o simplemente volver al hotel porque ya está cansada de ser una aventurera ártica.

Me ayudó a bajar el viaje a partes:

  • Dormir en el centro, para poder movernos a pie y tener restaurantes, supermercados y refugio cerca.
  • Elegir una experiencia de Papá Noel y otra para intentar ver auroras.
  • No llenar los nueve días de excursiones.
  • Dejar días para jugar en la nieve, pasear, entrar en un café y no hacer nada especialmente impresionante o instagramable.

Y, sobre todo, me ayudó a ponerle nombre a una sensación que ya estaba allí: no queríamos “hacer Laponia”, imposible hacer todo.

Lo que ChatGPT no puede hacer por ti

Aquí viene la parte menos mágica.

ChatGPT puede ser una compañera de conversación estupenda. Pero no sustituye comprobar nada importante.

No sabe si una excursión concreta tiene tallas de ropa térmica para una niña de tres años, salvo que se lo digan claramente sus fuentes. No sabe si un hotel tiene disponibilidad real para tus fechas. No puede garantizar que verás auroras. Ni debería convencerte de gastar miles de euros basándose en una frase escrita con seguridad. Además, a veces se viene arriba más que yo.

Por eso, mi conclusión es: usar ChatGPT para pensar, estructurar, comparar y hacer preguntas mejores. Usar fuentes reales para reservar.

La inteligencia artificial no elimina la necesidad de criterio, pero puede ayudarte a encontrarlo.

Al final, la conversación no era sobre viajes

Creo que esto es lo que más me ha gustado de todo el proceso.

Empezamos hablando de Bali y acabamos hablando de qué tipo de Navidad queríamos tener. De cuánto frío estamos dispuestas a aceptar. De si preferimos hacer muchas cosas o estar juntos en un sitio que ya es, por sí mismo, una experiencia.

Todavía no hemos ido a Rovaniemi y ni tenemos vuelo ni nada. Puede que veamos auroras o puede que no. Puede que las niñas recuerden a Papá Noel o que, dentro de unos años, solo recuerden que mamá les obligó a ponerse siete capas de ropa antes de salir. Pero ahora tenemos un viaje que nos apetece de verdad (¿y cuál no?)

Y empezó con una pregunta sobre Petra… no está mal para una conversación con una máquina.